Fundéu ataca de nuevo: traducción, voz pasiva y consejas de viejas


Quod natura non dat, Salmantica non praestat.

You can take the boy out of Texas, but you can’t take Texas out of the boy.

Uno de los gajes de este oficio es que uno está expuesto de forma periódica a las recomendaciones paternalistas de Fundéu sobre cómo esquivar el pecaminoso anglicismo. Para esta clase de instituciones, la traducción es un problema y un peligro, no una actividad cultural enriquecedora. Cual celosos guardacostas lingüísticos, los empleados de Fundéu están constantemente a la caza del extranjerismo coleado en alguna patera procedente del Canal de la Mancha.

El problema con las instituciones no sujetas a control democrático es que se les suele ir la mano. Se otorgan a sí mismas más que suficiente soga para ahorcarse. Un ejemplo de la normatividad desbordada lo tenemos en una pieza publicada hace algunos meses: La traducción, consejos básicos, firmada por dos profesores de periodismo de la Universidad Europea de Madrid. Antes que nada, llama la atención que dos catedráticos que no son traductores sean los convocados a instruir al público sobre lo que se debe y no se debe hacer al ejercer la actividad de la traducción. Y a partir de allí, todo es cuesta abajo.

El texto arranca con un consejo inicial de una condescendencia tan sublime que flirtea con lo insultante. La recomendación inicial es nada más y nada menos que hay que «ser fieles al original».

A partir de allí, la caída es prácticamente vertical.

Siguen recomendaciones completamente insondables por su absoluta falta de conocimiento de la lingüística:

…es habitual que quienes traducen del inglés incluyan muchas más oraciones en voz pasiva de las que habitualmente emplea el español. Algunas son sencillamente incorrectas (las que se forman con verbos intransitivos en español); otras, poco naturales en nuestra lengua, que tiende a la voz activa tanto como el inglés a la pasiva.

Francamente, estamos en el reino de lo que podríamos llamar «realismo mágico gramatical». Esto es una ruidosa colisión entre la normatividad en castellano con la guerra que sus primos hermanos ingleses han luchado desde hace siglos contra la voz pasiva. Lo que los une: la lucha totalmente histérica en ambos idiomas contra la voz pasiva (fruto de un prejuicio tonto sin ningún fundamento científico). Realmente asombra el desparpajo con el que los autores lanzan al aire estos datos absolutamente espurios.

Lo más chocante es que la afirmación en cuestión es completamente empírica y verificable. Cabe la pregunta: ¿en qué estudios lingüísticos se basa esta proposición de que «el inglés tiende más a la voz pasiva que el español»? Pues yo te lo puedo decir: absolutamente en ningún estudio empírico, aparte de la fértil imaginación de los autores y el pesado fardo de la tradición de sinsentidos normativos que ellos se encargan de transmitir de forma completamente acrítica.

Estos hispanohablantes ignoran que los mismos fundamentalistas del idioma inglés llevan siglos luchando contra la voz pasiva basados en argumentos tan imaginarios como baladíes («la voz pasiva es débil, es indicativa de pensamientos pasivos», etc.).

Si nos obsesiona tanto la voz pasiva (y poseemos un mínimo de curiosidad intelectual), no creo que sería tan difícil asignar a un ordenador, un programa básico de análisis de corpus lingüísticos y un becario nimileurista la tarea de generar algunos datos sobre la frecuencia de la voz maldita en los respectivos idiomas. Hasta entonces, el reino de las recomendaciones de uso seguirá inmerso en un Hades precopernicano donde también conviven los horóscopos, el cartílago de tiburón, el vudú y la homeopatía.

Pero, sorpresa, he aquí que hace ya más de veinte años una lingüista llamada Carmen Gómez Molina analizó diversos corpus para medir la frecuencia del uso de la pasiva y llegó a la siguiente conclusión (tajante):

El número de construcciones pasivas en inglés no es superior al calculado en los corpus españoles, y en el alemán parece haber menos. (…) Hasta que se demuestre lo contrario, no parece que el español emplee menos fórmulas pasivas que las lenguas con las que se le compara de costumbre. Incluso a veces sucede lo contrario, sin diferencia de género y en cada género en particular. Las intuiciones y la repetición de lugares comunes deberían evitarse. (Josse De Kock, Carmen Gómez Molina, Las formas pronominales del verbo y la pasiva, pp. 99-100)

«Las intuiciones y la repetición de lugares comunes deberían evitarse.» En mis sueños más autoritarios, los fanáticos de la normatividad tendrían que tatuarse esta oración en la frente.

Resulta que a veces aunque la naturaleza no lo haya dado, Salamanca sí lo presta, pero hay que estar lo suficientemente avispado para aceptar dicho préstamo. Ahora bien, mi pregunta es la siguiente: si el Estado español invirtió dinero hace dos décadas para que dos catedráticos salmantinos llegasen a esta conclusión científica, ¿cómo es posible que un cuarto de siglo después la noticia no haya llegado a la Escuela de Periodismo de la Universidad Europea de Madrid? ¿Será un problema de comunicación? ¿Quizás el mal estado de las carreteras que comunican a Madrid con Salamanca? ¿Falta de disponibilidad de Internet en una de las dos ubicaciones? No lo sé.

Cuando yo estudiaba en pregrado, uno de las formas más facilonas de sentirse superior era reírse de la ignorancia de los estudiantes de comunicación social. No sé si esos estereotipos seguirán vigentes, pero, de ser así, quizás un paso hacia adelante para superarlos sería incluir algún cursillo sobre lingüística dentro de la carrera. Y quizás no estaría de más hacer la misma recomendación a las escuelas de traducción e interpretación, ya que sus graduados no se quedan muy a la zaga a la hora de transmitir estas consejas de viejas durante su diario quehacer.

En resumen, resignémonos a que los académicos de la lengua (que no científicos de la lengua) siempre verán la traducción como una actividad sospechosa que se debe vigilar con el mismo cuidado con que la policía inglesa vigila las puertas de la embajada de Ecuador en Londres. Pero ruego encarecidamente a los señores de Fundéu que antes de lanzar al ciberespacio un texto que 1) obtendrá una difusión extensa debido al prestigio de Fundéu y la ansiedad un poco histérica que siente la gente al usar su propio idioma, y 2) permanecerá rebotando por Internet durante muchos años debido a la persistencia de los mensajes electrónicos, consulten a un lingüista de trayectoria reconocida o a una traductora de buena reputación. Solicito humildemente que, a la hora de advertir a los traductores que anden con cuidadito, al menos tengan la cortesía de emplear a personas realmente cualificadas para al menos no seguir esparciendo leyendas y mitos estúpidos sobre el lenguaje.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

«Gran Bretaña» es y no es el «Reino Unido», o las trampas de la normatividad


Cuando le preguntas a un inglés cuál es la diferencia entre Gran Bretaña y el Reino Unido, responde como un soldadito bien entrenado que Gran Bretaña es la isla donde se encuentran Inglaterra, Escocia y Gales, mientras que el Reino Unido, en contraste, es la entidad política que reúne a Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte. Esta distinción queda reflejada en una advertencia emitida por la Fundéu hace algunas semanas:

Términos que no deben emplearse indistintamente.

Recuérdese que Gran Bretaña está formada por Inglaterra, Escocia y el País de Gales; y el Reino Unido por Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

Por tanto, Gran Bretaña no es sinónimo de Reino Unido, puesto que se deja fuera a Irlanda del Norte y que tampoco lo es Inglaterra, que solo es una parte del país, como lo son Gales, Escocia e Irlanda del Norte.

Ahora bien, esto es técnicamente correcto, por cuanto corresponde con el concepto estricto que se emplea para hablar de este país. El problema es que la regla según la cual «Gran Bretaña» no coincide con el «Reino Unido» no se respeta en muchos usos de estos términos por parte de los mismos británicos. Si se escucha a un inglés hablar de «Britain» e incluso «Great Britain» y se le pregunta si está excluyendo explícitamente de su afirmación a Irlanda del Norte, en el 99% de los casos te dirá que no, que estaba usando estos términos en sentido laxo. Gran sorpresa: el uso lingüístico se desvía con frecuencia de la norma y el concepto. Por eso, traducir sus afirmaciones al español como «Gran Bretaña» en lugar del «Reino Unido» sería incorrecto. En este caso, «Great Britain» es el «Reino Unido», en contradicción directa de la advertencia de Fundéu. Dicho de otro modo, el traductor o revisor que imagina que el término «Britain» en muchos de sus textos se debe traducir como Gran Bretaña se está equivocando rotundamente. En muchos casos, debe traducir este término usando «Reino Unido», porque el hablante no está excluyendo a Irlanda del Norte de su afirmación. Lo que quisiera ilustrar es que afincarse excesivamente sobre las definiciones lexicográficas sin tener en cuenta el contexto del uso te llevaría a cometer errores de traducción. Y lo que distinguirá a un buen traductor de un gran traductor es tener esa sabiduría que no está en los libros. Es importante saber apartarse de nuestros doctos diccionarios y normas cuando así lo dicten el sentido común y el respeto por las idiosincrasias del uso.

Me parece un ejemplo perfecto de los errores en los que podemos incurrir al creer que hay una correspondencia unívoca entre nuestros conceptos, nuestras palabras y nuestra realidad. Y creo que esta es una de las principales flaquezas de la normatividad a ultranza de ciertas instituciones lingüísticas: creer que la definición del diccionario tiene alguna clase de precedencia sobre el uso, o que incluso refleja tanto el uso como el concepto exhaustivamente. Un diccionario no es una autoridad, ni una descripción del uso, ni una descripción completa de nuestros conceptos. Es un poco de todas estas cosas a la vez y ninguna. Y por eso debemos aprender a utilizarlo como una herramienta y no como una recopilación de leyes. Desconfía de todo aquel que bese el libro después de cerrarlo.  

Aprender reglas es fácil. Los chimpancés son tan buenos como los seres humanos para eso. Es muchísimo más difícil prestar atención a las sutilezas del uso y las trampas conceptuales del lenguaje. Una de estas dos habilidades es la que distingue a un profesional realmente útil. Adivina tú cuál es cuál.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

La distinción traductor/intérprete ahora es parte de la jurisprudencia en EE.UU.


Confieso que no me gusta demasiado la distinción entre traductor, entendido como persona que se dedica a traducir textos escritos, e intérprete, persona que traduce textos orales. Tanto en español como en inglés, choca contra el uso del 80% de los hablantes, lo cual lo convierte en un cultismo que puede degenerar en lo pedante o una acepción técnica que alguien del público general no tiene por qué conocer. A mi modo de ver y basándome en el uso, no es incorrecto denominar traductor a un intérprete, aunque denominar intérprete a alguien que está traduciendo un documento sí es claramente incorrecto. Claro que en mi andar diario respeto la distinción escrupulosamente, pero tampoco miro mal a quien no la conoce.

Resulta que esta semana la Corte Suprema de Estados Unidos dictó sentencia en un caso que tiende a darle más claridad a esta distinción. Un jugador de béisbol se aloja en un hotel japonés de Saipán y se lesiona. El jugador demanda a la cadena de hoteles en los juzgados de Estados Unidos por daños y perjuicios. Pierde el caso. La cadena de hoteles exige que el jugador-demandante les resarza por los costes de traducción de documentos escritos en virtud de una ley que otorga el derecho al demandado victorioso a reclamar gastos de «interpretación». El beisbolista se negó a pagar los 5.000 dólares al alegar que la ley se refiere exclusivamente a servicios de interpretación y no a la traducción de documentos escritos. La Corte Suprema falló a favor del jugador lesionado. Estoy de acuerdo porque, como observé ene el párrafo anterior, llamar al traductor de un documento escrito un intérprete vacía a la palabra de cualquier significado.

Para llegar a esta conclusión, el tribunal supremo de Estados Unidos, en una decisión mayoritaria redactada por el magistrado Samuel Alito, se basó en un análisis de diccionarios publicados hacia 1978, fecha de promulgación del estatuto que ordenaba el reintegro de estos costes a los demandados por alegatos falsos. Cito la decisión mayoritaria:

It is telling that all the dictionaries cited above defined “interpreter” at the time of the statute’s enactment as including persons who translate orally, but only a handful defined the word broadly enough to encompass translators of written material. See supra, at 5–7. Although the Oxford English Dictionary, one of the most authoritative on the English language, recognized that “interpreter” can mean one who translates writings, it expressly designated that meaning as obsolete. See  supra, at 6. Were the meaning of “interpreter” that respondent advocates truly common or ordinary, we would expect to see more support for that meaning. We certainly would not expect to see it designated as obsolete in the Oxford English Dictionary. Any definition of a word that is absent from many dictionaries and is deemed obsolete in others is hardly a common or ordinary meaning.

La decisión minoritaria, redactada por la magistrada Ruth Bader Ginsburg, afirma lo siguiente:

In short, employing the word “interpreters” to include translators of written as well as oral speech, if not “the most common usage,” ante, at 8, is at least an “acceptable” usage, ibid. Moreover, the word “interpret” is generally understood to mean “to explain or tell the meaning of: translate into intelligible or familiar language or terms,” while “translate” commonly means “to turn into one’s own or another language.” Webster’s 1182, 2429. See also Random House Dictionary of the English Language 744, 1505 (1973) (defining the transitive verb “interpret” as, inter alia, “to translate,” and “translate” as “to turn (some­thing written or spoken) from one language into another”).

En general, me parece que al citar esta lectura de un solo diccionario, Ginsburg entra en territorio dudoso (más aún al conceder que el uso defendido no es el más común pero sí es aceptable). Más convincente me parecen las citas que proporciona de varias decisiones muy recientes donde se habla del intérprete como alguien que traduce o puede traducir textos escritos.

Obviamente, los hechos y nuestras interpretaciones, tanto en lo legal como lo lingüístico, no son blancos ni negros. Es bueno tenerlo en cuenta a la hora de desenfundar nuestras espadas por este o aquel uso de una palabra.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

¡Hombre, un traductor!


(La siguiente pieza fue escrita por los blogueros invitados Ruth Gámez y Fernando Cuñado de http://www.traduccionjuridica.es.)

Esta exclamación es algo que escuchamos a menudo cuando visitamos clientes y potenciales compradores de nuestros servicios. Sí, somos traductores y visitamos clientes.

Hace algunas semanas participamos en un interesante intercambio de opiniones sobre el tema del marketing de los servicios de traducción. Tal cosa sucedió en Twitter donde, hay que reconocerlo, últimamente suceden algunas de las cosas más interesantes, y en él participaron varios colegas. Fruto de este debate, el autor de este blog (@miguelllorens) nos invitó a compartir nuestra experiencia con sus lectores, lo que le agradecemos humilde y sinceramente.

Circulan hoy un sinfín opiniones acerca de la eficacia de las redes sociales como instrumentos de marketing y captación de clientes. Algunos gurús de las nuevas tecnologías aseguran que es posible captar innumerables clientes y hacer crecer nuestro negocio usando exclusivamente, o de forma primordial, estos medios. Otros profesionales (entre los que nos encontramos) defienden que la labor de captación de clientes es mucho más eficaz usando métodos tradicionales. No estamos en contra de las redes sociales ni somos traductores del tipo San Jerónimo, del que hablaba hace poco nuestra amiga Isabel (@igcutillas). Pensamos que las redes sociales sirven para muchas cosas: informarnos, aprender, compartir conocimientos, conocer colegas y darnos a conocer. Pero no creemos que sean, ni mucho menos, los mejores instrumentos para que un traductor autónomo capte nuevos clientes y haga crecer su negocio. Al menos nosotros no lo hemos conseguido hasta la fecha. Y no será por no intentarlo. Será por falta de pericia, será por falta de conocimientos o por no haberlo hecho adecuadamente. Tal vez. Pero, también es cierto que nueve de cada diez traductores entrevistados reconocen haber captado uno o ningún cliente después de años posteando blogs magníficos y teniendo una gran corte de seguidores en Twitter. Parece que no estamos solos en nuestra impericia.

Cómo lo hacemos nosotros, entonces. Pues bien, no pretendemos descubrir nada nuevo en este artículo ni inventar la rueda. Lo único que hacemos es lo siguiente: (i) seleccionamos clientes que sean potenciales compradores de nuestros servicios; (ii) tratamos de identificar a la persona encargada de contratar las traducciones en dicho cliente (para esto LinkedIn puede ser útil); (iii) llamamos por teléfono a la empresa o buscamos algún contacto que nos haga llegar hasta esa persona para tratar de concertar una entrevista; (iv) nos ponemos el traje y vamos a visitarles. Cuando los pasos (ii) y (iii) son muy complicados, y a menudo lo son, nos los saltamos y pasamos directamente al (iv).

Es verdad que existen otras fórmulas: contacto telefónico, referencias de otros colegas, pruebas de traducción. Válidas, sobretodo, para trabajar con agencias de traducción (ver entradas recientes en los blogs de @pabletepucela o @Martine_FC). Debemos aclarar aquí que nosotros trabajamos, casi exclusivamente, con clientes directos.

Las razones por las que utilizamos este método para hacer crecer nuestro negocio son dos. La primera es porque a nosotros nos funciona. Sí, es cierto, no es muy científico, lo reconocemos. Pero también es cierto que de cada diez visitas presenciales que hacemos solemos conseguir entre uno y dos nuevos clientes. Un ratio de conversión del 10 % o el 20 % en una acción de marketing es un ratio muy alto, pero hay que tener en cuenta que son acciones muy enfocadas que conllevan un arduo trabajo previo y posterior. ¿Cuántos tuiteos, comentarios en facebook o contactos en LinkedIn hacen falta para obtener este ratio? Lo más probable es que nadie lo sepa.

La segunda razón es porque pensamos que la relación traductor-cliente es una relación comercial basada, primordialmente, en la confianza. No en el precio, como algunos creen. Años de experiencia nos han llevado a la conclusión de que las empresas que contratan asiduamente traducciones necesitan confiar en su proveedor. Los servicios del traductor son muy valiosos y, en ocasiones, muy críticos para el negocio de nuestros clientes. Aunque lo primero que nos pidan siempre sea el mejor precio (lo que tiene mucho sentido cuando no nos conocen), nosotros sabemos, y ellos saben, que lo que necesitan es poder confiar a ojos cerrados en su proveedor de traducciones. Esta confianza es difícil de generar por correo electrónico. Una visita personal de contacto ayuda a ponernos cara y facilita iniciar una relación comercial. Un trabajo impecable posterior ayuda a cimentar la confianza de nuestro cliente. Y una visita ocasional cuando ya llevamos tiempo trabajando juntos sirve para crear una relación personal de confianza y beneficio mutuo.

Así trabajamos con casi todos nuestros clientes. No es que sea la forma más fácil de hacerlo, pero creemos que es la mejor y la más rentable a largo plazo. Esta estrategia conlleva invertir tiempo, dinero y esfuerzo. Pero, gracias a ella hemos ido creando, poco a poco, una cartera de clientes que confía en nosotros y que, en la mayoría de los casos, no nos pregunta el precio de la traducción antes de encargarla.

Puede que dentro de algún tiempo seamos capaces de conseguir el mismo nivel de eficacia usando las redes sociales ¡Quién sabe! Entre tanto, tendremos que seguir leyendo a @edans y continuar aprendiendo de los expertos. Se admiten todo tipo de sugerencias.

Ruth Gámez y Fernando Cuñado son traductores autónomos y licenciados en Derecho. Se dedican a la traducción jurídica de inglés y francés. Puedes contactar con ellos a través de su página web (http://www.traduccionjuridica.es) o seguir su cuenta en Twitter (@traduccionjurid).

El blog, ese medio bastardo


Para mí, más criticables son los ejemplos del «tsunami de contenido» en los que una empresa de traducción embasura Internet con posts que no dicen absolutamente nada y que simplemente están diseñados para subir un peldaño más en los resultados de una búsqueda en Google. También me asombran los posts de dueños de agencia en los que admiten: 1) que reclutan en ProZ; 2) que muchas veces los traductores reclutados por esa vía no entregan a tiempo o no entregan nada; y 3) que no les pagan a los subcontratistas cuando surgen conflictos. Pero peor aún son los posts que lanzan los «gurús» de la traducción para decirnos perogrulladas vacías.

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La blogosfera, igual que la novela en su época inicial, es un medio bastardo. No es ni ensayo, ni diario personal, ni artículo de periódico, ni página web, ni libro de autoayuda. Es quizás todas esas cosas y ninguna. (Tampoco una bitácora, esa propuesta un poco estrafalaria para evitar el anglicismo.)

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Uno de los economistas más importantes de Estados Unidos mantiene un blog donde la mitad de las entradas discute temas financieros y la otra mitad es un diario donde comenta los hechos de la Segunda Guerra Mundial como si estuvieran sucediendo en vivo. El ciberespacio es ancho y ajeno. Hay licencia para toda clase de aciertos, excentricidades e infortunios.

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 Gran parte de las polémicas que veo sobre la calidad los blogs se debe a la confusión sobre el género del blog. No se puede medir una entrada por el mismo rasero que un editorial en El País, del mismo modo que las consideraciones estéticas aplicables a una novela no son pertinentes a un poema épico. Es como decir que la Eneida no respeta las convenciones de la novela negra.

Acerca de Miguel Llorens

Soy un traductor financiero autónomo especializado en documentos financieros, renta variable, renta fija e informes anuales. He trabajado como traductor de plantilla para Goldman Sachs, RGFT (ahora CLS Communications), H.B.O. y el Open Source Center. Para conocer más sobre mis servicios, visite traductor-financiero.com. También estoy en Twitter y LinkedIn.

Fundéu y la traducción de «fiscal compact»


Jeff: Webster’s dictionary defines… Annie: Stop! “Webster’s dictionary defines”?! That’s the Jim Belushi of speech openings! It accomplishes nothing, everybody keeps using it, and nobody knows why. —Community, “Urban Matrimony and the Sandwich Arts”


Dicen que para quien tiene un martillo, todos los problemas parecen clavos. Yo añadiría que quien tiene un martillo y carece de oficio útil empieza a ver clavos donde ni siquiera hay problemas. Y se lanza a martillar salvajemente sobre todo cuanto Dios creó, como un niño inquieto que no se ha tomado su medicamento antihiperactivo.

Uno de los problemas con la lucha contra los falsos amigos es que lleva gradualmente a la sospecha paranoide de que todos los amigos son falsos.

Hace un par de meses, circuló el siguiente ukaz de la Fundéu, típico de esta época de crisis de deuda soberana (lo copio en su totalidad):

La expresión pacto fiscal, traducción habitual en los medios de fiscal compact, puede resultar ambigua en español, por lo que se recomienda traducirla por pacto presupuestario.

El adjetivo fiscal tiene en inglés un doble sentido, que puede dar lugar a cierta confusión cuando se traduce al español. Por un lado alude a lo ‘relativo a aspectos tributarios o impositivos’, pero por otro, a ‘la relación entre ingresos y gastos públicos’, es decir, a la política presupuestaria de un país, que en inglés se denomina fiscal policy.

En el caso del fiscal compact, pacto que se abordó en la cumbre del pasado 30 de enero como parte del nuevo Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza en la Unión Económica y Monetaria, no solo los medios, sino también diversas instituciones lo tradujeron como pacto fiscal, cuando, dado que se refiere al control presupuestario de las Haciendas públicas, hubiera resultado más apropiado traducirlo por pacto presupuestario.

Se recomienda por tanto, tal como propone el servicio de terminología del Consejo de la UE, traducir el adjetivo inglés fiscal por presupuestario, de la Hacienda pública o de las finanzas públicas y restringir el uso de los adjetivos españoles fiscal, impositivo, tributario y contributivo para traducir el término inglés tax.

Demasiada tela para tan poco tiempo. ¿Por dónde empezamos? Comencemos por esta afirmación, que es la premisa básica:

El adjetivo fiscal tiene en inglés un doble sentido, que puede dar lugar a cierta confusión cuando se traduce al español. Por un lado alude a lo ‘relativo a aspectos tributarios o impositivos’, pero por otro, a ‘la relación entre ingresos y gastos públicos’, es decir, a la política presupuestaria de un país, que en inglés se denomina fiscal policy.

Primero, hay que decir que, en lo que a dobles sentidos se refiere, estamos en terreno movedizo. Cualquier persona mínimamente cuidadosa se daría cuenta de que estos dos sentidos están íntimamente relacionados. Los aspectos tributarios o impositivos son una parte esencial de la relación entre ingresos y gastos públicos, de modo que nos vendría bien movernos con cierto cuidadito. El problema es que el traductor no especializado en finanzas, a quien nada de esto le interesa, le resulta más fácil registrar el dato “fiscal en inglés no es igual a fiscal en español” y seguir de largo.

Pasemos ahora al análisis. Lo primero que quisiera señalar es que es falso que el adjetivo fiscal en inglés tenga un doble sentido. Consultemos los diccionarios monolingües en inglés para comprobarlo.

Esta definición está tomada del Webster:

Definition of FISCAL

1

: of or relating to taxation, public revenues, or public debt

¿Alguien observa aquí algún doble sentido? Yo lo que veo es una constelación de significados con un parentesco estrecho.

Veamos dictionary.com:

fiscal [fis-kuhl]    adjective

1. of or pertaining to the public treasury or revenues: fiscal policies.

2. of or pertaining to financial matters in general.

¿Dónde está ese traicionero doble sentido? Hasta ahora, en las cabezas de Fundéu. Visitemos los diccionarios Cambridge para no despreciar el inglés británico:

fiscal

adjective /ˈfɪs.kəl/ specialized

Definition

connected with (public) money

Podríamos multiplicar los ejemplos, pero creo que queda demostrado que no hay tal doble sentido en inglés. Lo que sí hay es un sentido restringido de la palabra y otro uso más general. En el sentido restringido, la palabra se refiere exclusivamente al tema tributario, a las tasas impositivas y los diferentes tributos que movilizan los gobiernos para recaudar fondos. En el uso más amplio, se refiere tanto a los impuestos que recaudan como los gastos en que incurren los gobiernos. Ahora bien, esto no es evidencia de un doble sentido. El hablante de inglés percibe la diferencia, que es bastante sutil, gracias al contexto sin mayores problemas. Tanto es así que ningún diccionario inglés ha considerado que esta elasticidad sea lo suficientemente acentuada como para merecer una mención o, alternativamente, la división en dos acepciones distintas (alguien mínimamente familiarizado con el tema financiero añadiría que se trata de una distinción escolástica).

Ahora bien, pasemos del otro lado de la puerta, al castellano. ¿Hay una distinción nítida en el uso del adjetivo «fiscal» en español que exija restringirlo solo a los aspectos relativos a los impuestos?

Veamos el DRAE. No tiene una entrada para el adjetivo, pero el sustantivo «fisco» indica lo siguiente:

fisco.

(Del lat. fiscus).

1. m. Erario, tesoro público.

2. m. Conjunto de los organismos públicos que se ocupan de la recaudación de impuestos.

Diferentes fuentes en línea que se consultan con rapidez tampoco revelan una distinción tajante entre lo fiscal como presupuestario y lo fiscal como recaudatorio:

fiscal adj.

1   Relativo al fisco: licencia fiscal; reforma fiscal.

Diccionario Manual de la Lengua Española Vox. © 2007 Larousse Editorial, S.L.

fiscal

adj. Relativo al fisco o al oficio de fiscal.

Diccionario Enciclopédico Vox 1. © 2009 Larousse Editorial, S.L.

fiscal

adj fiscal [‘fiskal] relativo a la hacienda pública

ayuda fiscal

Alguien quizás está levantando la mano para objetar que las definiciones españolas hablan del fisco, que solo recauda impuestos, pero el fisco pertenece a las atribuciones de hacienda, que Wikipedia describe del siguiente modo:

La administración fiscal o fisco al conjunto de órganos de la administración de un Estado encargados de hacer llegar los recursos económicos a las arcas del mismo, así como a los instrumentos con los que dicho Estado gestiona y recauda los tributos, englobando tanto los ingresos como los gastos, lo cual supone tanto la planificación de los tributos y demás ingresos del estado (precios públicos, loterías, sanciones, etc.), como la elaboración de los Presupuestos Generales del Estado para su aprobación por el órgano correspondiente (Congreso, Parlamento u otro). La hacienda pública depende normalmente del Ministerio de Economía y hacienda (aunque esto dependerá de la organización del Gobierno por la que se opte).

Dicho de otro modo, lo fiscal se refiere tanto al egreso (presupuesto) como al ingreso de fondos (impuestos) de las arcas del Estado.

¿Entonces a qué viene la eterna vigilancia que ahora obliga a miles de traductores a andar con un poco más de desconfianza en su uso de términos tan cotidianos como el adjetivo «fiscal»?

La normatividad es una herramienta de cohesión cultural diseñada para evitar que haya un grado de heterogeneidad tan grande que entorpezca la comunicación dentro de una misma lengua. Pero el logro de ese objetivo se ve obstaculizado por la acumulación de recomendaciones inútiles o simplemente erróneas.

Acerca de Miguel Llorens

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Reflexiones sueltas sobre lucha intergeneracional y traducción


Madrid es prácticamente la única ciudad del mundo donde sales de noche y te encuentras con personas de todas las edades. Caminando por la Plaza Santa Ana un viernes en la noche, escuché a una señora sexagenaria decirle a una amiga: «Es que yo no puedo aguantar una semana sin salir». En el resto del mundo, tener 30 años es ser demasiado viejo para disfrutar de la vida nocturna.

***

¿Dije que en Madrid salen todas las edades? Cuando te fijas con más cuidado, observas que la gente joven que sale de noche por Madrid está integrada principalmente por turistas jóvenes de otros países disfrutando de experimentos químicos, alcohólicos y sexuales. Los jóvenes españoles son menos omnipresentes. Uno de los pocos que he visto estaba sentado en esa plaza que baja por la calle Hortaleza desde el punto donde Sagasta y Génova se encuentran. Tenía un recipiente de dos litros de Coca-Cola y una botella de licor cubierta con una bolsa de papel. Obviamente, estaba esperando a sus amigos para armar el botellón. En sus ojos había rabia pura. Creo que pensó que mi mirada era de desaprobación o que yo era un policía, pero era mera curiosidad antropológica.

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¿Qué tan cabreado estaría yo si tuviera veinte años y estudiara traducción e interpretación? No sé. Pero sospecho que bastante.

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Un profesor inglés que trabaja en una universidad de Barcelona les dice a sus alumnos que todos terminarán siendo poseditores, les guste o no. La pequeñez liliputiense de este enfoque sobre el mercado laboral me haría arrancarme los ojos.

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Una dueña de una agencia del Medio Oeste norteamericano dicta clases en una universidad local y machaca continuamente a sus estudiantes que no pueden aspirar a ganar demasiado dinero. Recalca que trabajar con clientes directos es difícil. Añade que cuando ella descubre que un cliente potencial trabaja con un autónomo, ella le pide al cliente que le envíe muestras de las traducciones, las analiza y le devuelve versiones corregidas donde indica los «errores» del autónomo. Yo opino que en el mundo de la traducción, donde el sobrecorrector tuerto es el rey, no es difícil condenar como errores cuestiones que son de criterio individual o estilístico. En lugar de enseñar a estudiantes cómo aplicar estrategias para aumentar su ingreso, su prédica es: «No esperen demasiado, que la cosa está color de hormiga». Yo respondí haciendo comentarios irónicos sobre su abuso de una figura en inglés  llamada «comma splice». El comentario se quedó sin publicar. Otros traductores criticaron el tono general de la pieza. Igual suerte corrieron sus comentarios. Otros fueron editados cuidadosamente.

***

Llego a los cuarenta años y compruebo con sorpresa de que me alegro de no tener veinte. Todo es más fácil para la gente mayor. Conseguir trabajo. Conseguir hipoteca. Trabajo menos que alguien más joven y gano más. Y un largo etcétera. En el Reino Unido, un parlamentario conservador escribió un libro donde especula que la lucha de clases ha sido reemplazada por la lucha intergeneracional. Las generaciones nacidas entre 1940 y 1980 disfrutaron de la larga bonanza económica de la posguerra y a la gente joven ahora le toca lidiar con la ruptura de las sucesivas burbujas provocadas por medio siglo de consumo desenfrenado. El capital ahora está en manos de la gente mayor y la gente joven solo posee su mano de obra, que está sometida al duro racionamiento forzado por la escasez de empleo.

  ***

Dentro de ese esquema, los sesentones son la burguesía, los cuarentones somos la clase media y los veinteañeros el proletariado oprimido en ebullición. Si efectivamente la juventud es la vanguardia de la revolución, no es precisamente sabio invitar a los jóvenes a que se atiborren de tarta, a la María Antonieta.

Acerca de Miguel Llorens

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